12/02/2008 Ha
caído otro gobierno más en Italia. El
número 60 (si no me equivoco) desde el
fin de la 2ª Guerra Mundial. La legendaria fragilidad de los
gobiernos
italianos está motivada principalmente por los sistemas
electorales con los que
se han elegido a los miembros de la cámara de diputados
durante todos estos
años.
La
última
reforma del sistema electoral se
remonta al último
gobierno de Silvio Berlusconi
quien, ante la perspectiva
de una eminente derrota electoral, reformó la ley 6 meses
antes de las
elecciones de abril del 2006. Aún así
perdió las elecciones cuyo resultado que
tardó en asimilar, batallando durante meses la supuesta
“irregularidad” de los mismos. Pero
logró parte de su objetivo, que
el gobierno salido de las urnas tuviese que constituirse en base a una
débil
alianza de multitud de pequeños partidos.
Es
evidente que con semejante panorama
político, el sistema
electoral sea un tema recurrente de constante actualidad. Pero no se
debate
sobre las maldades del sistema electoral sólo en Italia;
suele ser un tema al
que periódicamente se le dedica atención en casi
todas las democracias,
excepción de EE.UU.
donde casi nadie se cuestiona que
pueda haber otra forma de democracia que no sea la que ellos tienen. Es
dogma
aceptado en politología decir que no existe un sistema mejor
que otro y que
todos tienen su lado escuro de una u otra forma. Mi opinión
es que eso es ser
demasiado relativista, que si existen sistemas más justos
que otros, aunque
reconozco que todos cojean de algo.
Por
ejemplo, un sistema que siempre me ha parecido
tremendamente injusto es el sistema francés, allí
todos los escaños de cada
circunscripción van a parar al partido más
votado, castigando duramente a casi
cualquier minoría política. No obstante hubo un
intento en los años 80 de
cambiar el sistema por otro donde el reparto de escaños
fuese proporcional
según el número de votos, pero saltó
la sorpresa, el votante francés estaba
hecho a su manera ya tradicional de votar, así que la
reforma fue vista como
extraña y se suprimió. El sistema
francés, como ya he dicho, es poco
representativo pero asegura casi siempre gobiernos fuertes y pactos
entre, como
mucho, dos partidos.
Otro
sistema aún más injusto si
cabe, es el sistema
británico, allí cada circunscripción
elige a un solo diputado, se intenta
siempre ajustar las circunscripciones para que no exista mucha
diferencia
poblacional entre una y otra. Pero el asunto está en que
gana el diputado que
consigue más votos, aunque sea un voto más que el
segundo y aunque tener más
votos que nadie no signifique acercarse ni de lejos a la mitad
más uno del
total. Esto posibilitó a Margaret
Thatcher
ganar con aquellas mayorías absolutas aplastantes con que
gobernó el Reino
Unido con mano de hierro durante los años 80, consiguiendo
su partido tan solo
unos pocos votos más que el partido Laborista. Este sistema
castiga también a
las minorías políticas, pero asegura que cada
territorio se encuentre bien
representado en el parlamento debido a que cada diputado tiene una
responsabilidad personal con la circunscripción que le ha
elegido.
Una
variante del sistema británico, pero en mi
opinión
abismalmente más justa, es la del sistema
irlandés. Allí también hay
circunscripción
uninominal pero no gana el que le saca un solo voto a su adversario
sino que se
vota a una lista de preferencia: los votantes ordenan a los candidatos
de todos
los partidos en una lista de tal manera que si ninguno obtiene la
mayoría
absoluta de los votos de la circunscripción, se miran las
segundas preferencias
de los votantes de candidatos minoritarios hasta que queda un claro
ganador. No
oculto mi fascinación por este sistema que, a mi entender,
quizás no sirva para
elegir al más querido de cada lugar pero si al menos odiado,
lo que ha
garantizado que la república de Irlanda sea uno de los
países políticamente más
estables de Europa prácticamente desde su independencia.
Volvamos
a Italia ¿Cómo es el
sistema diseñado, mejor dicho,
remozado por Berlusconi
al que sus detractores llaman
“la cochinada”? Pues consiste en una
versión del sistema que estuvo
vigente entre la segunda guerra mundial y 1993. Éste sistema
era calificado de
proporcional puro, no existía ley d’hont,
los
candidatos eran elegidos en listas dentro de cada
circunscripción. El número de
escaños se repartía proporcionalmente a cada
lista según la fórmula: votos
totales/nº de escaños=cantidad de votos necesarios
para obtener cada escaño ***
votos obtenidos por la lista/cantidad de votos necesarios para
conseguir un
escaño=número de escaños obtenidos en
dicha circunscripción.
Ahora, para compensar la dispersión
territorial,
el resto de votos de la última división y el
resto de escaños sin asignar iban
a parar a una caja única nacional y ahí se
repartían entre todos los que hubieran
obtenido más del 1’5% del total en todo el estado.
Este sistema, que a mi
se me antoja bastante justo, llevó sin embargo aparejado el
problema de la
multiplicación de pequeños partidos que
dificultaba enormemente articular mayorías
sólidas para gobernar. En 1993 el sistema fue sustituido por
un sistema mixto,
similar al alemán, por el cual las tres cuartas partes de
los diputados eran
elegidos en circunscripciones uninominales, mientras que el resto se
votaban en
una lista de ámbito nacional. Éste sistema
tampoco dio los resultados
esperados, ya que se lejos de hacer desaparecer a los partidos
pequeños, generó
que éstos se uniesen en dos megacoaliciones
para ir a
los comicios y luego, en el parlamento, se volvió a repetir
el espectáculo de
la multiplicación de grupos parlamentarios. Tras
más de una década funcionando,
Berlusconi lo
suprimió para instaurar el actual que
no es sino una versión del que estuvo vigente durante cerca
de 50 años pero con
una serie de topes que, al menos en principio, debían evitar
la proliferación
de pequeños partidos que, huelga decirlo, no se
logró, debido a la inercia
actual de presentar alternativas en grandes coaliciones antinaturales;
en la de
derechas se presentan desde los fascistas de Fini
a
los federalistas de Bossi
y en la de izquierdas van
desde comunistas a cristianos de centro.
El
sistema español cojea de la pierna contraria
al italiano.
En España se eligen listas de diputados solamente por
circunscripción, no existe
como en Alemania u otros un sistema que compense la
dispersión del voto. Eso se
traduce en un castigo brutal a las minorías
políticas estatales y un premio
(inmerecido a mi entender) a las minorías nacionalistas
locales. Como ejemplo
podemos poner la diferencia de escaños entre un partido de
ámbito estatal como
es IU y otro de ámbito únicamente
catalán como es ERC, en las pasadas
elecciones generales de 2004, IU obtuvo el doble de votos que ERC pero
se quedó
con la mitad de escaños; 4 frente a 8. La razón
fue que IU obtuvo su más de un
millón de votos repartidos en todas las circunscripciones
mientras que ERC obtuvo
su medio millón concentrados sólo en las 4
catalanas. Este sistema ha provocado
que a medida que han transcurrido los años desde que se
aprobó la constitución
de 1978, han ido desapareciendo cada vez más partidos de
ámbito estatal, hasta
quedar solo 3, mientras que los de ámbito local han
proliferado como setas. A
la hora de conformar gobiernos, esto se ha traducido en que, si hay
mayoría
absoluta, cosa bastante más fácil con el sistema
español que con el italiano,
si puede existir una buena gobernabilidad, mientras que si no la hay,
los
partidos de ámbito estatal se ven obligados a pactar con
minorías locales que
exigen tratos de favor hacia sus regiones o nacionalidades (o como en
el caso
de CC en mi tierra, Canarias, del trato de favor solo se apercibieron
determinadas
élites),
desequilibrando la balanza territorial y
colocando a ciertas partes del país en primera
página de la agenda política
diaria para marginación de otras.
La
conclusión que saco tras tanto examen de
sistemas
electorales europeos es que, difícilmente se
logrará algún día un sistema
electoral que siente bien en todas partes, que cada pueblo o conjunto
de
pueblos tiene su propia idiosincrasia y, por tanto, hay que adaptar
cada
sistema a los valores y necesidades de cada lugar. Quizás
los casos italiano y
español sean paradigmáticos de lo que no se debe
hacer a determinados pueblos.
Pensemos por un momento ¿Sucedería en
España lo mismo que en Italia si adoptásemos
aquí el sistema italiano? ¿Y en Italia lo que en
España si hiciésemos lo
propio? Yo creo que no, que la realidad política italiana